sábado, 30 de julio de 2016

CoNtrA-pORtAdA




      Cuando en 1953 se estrenó en París Esperando a Godot, pocos sabían quién era Samuel Beckett, salvo, quizá, los que ya lo conocían como exsecretario de otro irlancés no menos genial: James Joyce. Por aquellas fechas, Beckett tenía escrita gran parte de su obra literaria; sin embargo, para muchos pasó a ser <<el autor de Esperando a Godot>>. Se dice que, desde aquella primera puesta en escena -que causó estupefacción y obtuvo tanto éxito- hasta nuestros días, no ha habido año en que, en algún lugar del planeta, no se haya representado Esperar a Godot. El propio Beckett comentó en cierta ocasión, poco después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969, que Esperando a Godot era una obra <<horriblemente cómica>>. Sí, todo lo terriblemente cómica que puede resultar la situación de dos seres cuya grotesca vida se funda en la vana espera de ese ser al que llaman Godot.

PoRtaDa


TeXto

Esperando a Godot

-        No hay nada que hacer
-        Empiezo a creerlo. Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo, diciéndome: Vladimir, sé razonable, aún no lo has intentado todo. Y volvía a la lucha. Vaya, ya estás ahí otra vez.
-        ¿Tú crees?
-        Me alegra volver a verte. Creí que te habías ido para siempre.
-        Yo también.
-        ¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro? Levántate, deja que te abrace.
-        Enseguida, enseguida.

SILENCIO

-        ¿Se puede saber dónde ha pasado la noche el señor?
-        En un foso
-        ¡Un foso! ¿Dónde?
-        Por ahí.
-        ¿Y no te han pegado?
-        Sí… no demasiado
-        ¿Los de siempre?
-        ¿Los de siempre? No sé.

SILENCIO

-        Cuando lo pienso… desde entonces… me pregunto… qué hubiera sido de ti… sin mí… sin duda, a estas horas, serías ya un montoncito de huesos.
-        ¿Algo más?
-        Es demasiado para un hombre solo. PAUSA. Por otra parte, es lo que me digo: para qué desanimarse ahora. Hubiera sido necesario pensarlo hace una eternidad, hacia 1900.
-        Basta. Ayúdame a quitarme esa porquería.
-        Hubiéramos sido de los primeros en arrojarnos juntos, cogidos de la mano, desde la Torre Eiffel. Entonces valíamos algo. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera nos permitirían subir. ¿Qué haces?
-        Descalzarme. ¿No lo has hecho nunca?
-        Desde hace tiempo vengo diciéndome que hay que descalzarse todos los días. Más te valdría hacerme caso.
-        ¡Ayúdame!
-        ¿Te duele?
-        ¡Dolor! ¡Me pregunta si me duele!
-        ¡Siempre eres el único que sufre! Yo no importo nada. Quisiera verte en mi lugar. Ya me lo harías saber.
-        ¿Has sentido dolor?
-        ¡Dolor! ¡Me pregunta si he sentido dolor”
-        Ésa no es razón para no abrocharte.
-        Es cierto. No hay que descuidarse en las pequeñas cosas.
-        Qué quieres que te diga, siempre esperas al último momento.
-        El último momento… tarda en llegar, pero valdrá la pena. ¿Quién lo decía?
-        ¿No quieres ayudarme?
-        A veces me digo que, a pesar de todo, llega. Entonces me siento muy raro. ¿Cómo decirlo? Aliviado y al mismo tiempo… aterrado. A-TE-RRA-DO. ¡Vaya! En fin… ¿Y?
-        Nada.
-        A ver
-        No hay nada que ver.
-        Intenta ponértelo otra vez. (EL ZAPATO)
-        Voy a dejar que se airee un poco.
-        He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto  empieza a resultar inquietante. Uno de los dos ladrones se salvó. PAUSA. Es un porcentaje decente. PAUSA. Gogo…
-        ¿Qué?
-        ¿Y si nos arrepintiésemos?
-        ¿De qué?
-        Pues… No sería necesario entrar en detalles.
-        ¿De haber nacido?
-        Ni siquiera se atreve uno a reír.
-        Hablas de una privación.
-        Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin… Gogo…
-        ¿Qué hay?
-        ¿Has leído la Biblia?
-        La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-        ¿En la escuela Sin Dios?
-        No sé si sin o con.
-        Debes de confundirte con la Roquete.
-        Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos felices.
-        Debieras haber sido poeta.
-        Lo he sido. ¿No se nota?

SILENCIO.

-        ¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-        Se hincha.
-        Ah, sí, ya sé, la historia de los ladrones. ¿La recuerdas?
-        No.
-        ¿Quieres que te la cuente otra vez?
-        No.
-        Así matamos el tiempo. Eran dos ladrones, crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-        ¿El qué?
-        El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno fue salvado y el otro…
-        ¿Salvado de qué?
-        Del infierno.
-        Me voy
-        Y, sin embargo… ¿Cómo es que …? Supongo que no te aburro.
-        No escucho.
-        ¿Cómo se comprende que de los cuatro eran evangelista sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban allí presentes… bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. Veamos, Gogo, tienes que devolverme la pelota de vez en cuando.
-        Escucho.
-        Uno de cuatro. De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo insultaron.
-        ¿Quién?
-        ¿Cómo?
-        No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-        El Salvador.
-        ¿Por qué?
-        Porque no quiso salvarles.
-        ¿Del infierno?
-        ¡No! De la muerte.
-        ¿Y entonces, qué?
-        Entonces hubo que condenar a los dos.
-        ¿Y después?
-        Pero el otro dice que uno se salvó.
-        ¿Y qué? No están de acuerdo, eso es todo.
-        Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-        ¿Quién le cree?
-        Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta versión.
-        La gente es estúpida.
-        ¡Bah!
-        Delicioso lugar. Semblantes alegres. Vámonos.
-        No podemos
-        ¿Por qué?
-        Esperamos a Godot.
-        Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-        ¿Qué?
-        Donde hay que esperar.
-        Dijo delante del árbol. ¿Ves algún otro?
-        ¿Qué es?
-        Nada.
-        A ver.
-        No hay nada que ver.
-        Intenta ponértelo otra vez
-        Voy a dejar que se aire un poco.
-        He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto empieza a resultar inquietante. Uno de los dos ladrones se salvó. Es un porcentaje decente. Gogo…
-        ¿Qué?
-        ¿Y si nos arrepintiésemos?
-        ¿De qué?
-        Pues… No sería necesario entrar en detalles.
-        ¿De haber nacido?
-        Ni siquiera se atreve uno a reír.
-        Hablas de una privación.
-        Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin… Gogo…
-        ¿Qué hay?
-        ¿Has leído la Biblia?
-        La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-        ¿En la escuela Sin Dios?
-        No sé sin o con.
-        Debes de confundirte con la Roquete
-        Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos felices.
-        Debieras haber sido poeta.
-        Lo he sido. ¿No se nota?

SILENCIO

-        ¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-        Se hincha.
-        Ah, sí, ya sé, la historia de los ladrones. ¿La recuerdas?
-        No.
-        ¿Quieres que te la cuente otra vez?
-        No.
-        Así matamos el tiempo. Eran dos ladrones crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-        ¿El qué?
-        El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno fue salvado y el otro… condenado
-        ¿Salvado de qué?
-        Del infierno
-        Me voy
-        Y, sin embargo… ¿Cómo es que…?
-        No escucho.
-        ¿Cómo se comprende que de los cuatro evangelistas sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban allí presentes…. Bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. Veamos. Gogo, tienes que devolverme la pelotaq de vez en cuando.
-        Escucho.
-        Uno de los cuatro. De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo insultaron.
-        ¿Quién?
-        ¿Cómo?
-        No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-        El Salvador.
-        ¿Por qué?
-        Porque no quiso salvarles.
-        ¿Del infierno?
-        ¡No! De la muerte.
-        ¿Y entonces, qué?
-        Entonces hubo que condenar a los dos.
-        ¿Y después?
-        Pero el otro dice que uno se salvó.
-        ¿Y qué? No están de acuerdo, eso es todo.
-        Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno de habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-        ¿Quién le cree?
-        Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta versión.
-        La gente es estúpida.
-        ¡Bah!
-        Delicioso lugar. Semblantes alegres. Vámonos
-        No podemos
-        ¿Por qué?
-        Esperamos a Godot.
-        Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-        Qué?
-        Donde hay que esperar.
-        Dijo delante del árbol. ¿Ves otro?
-        ¿Qué es?
-        Parece un sauce llorón
-        Debe de estar muerto.
-        Basta de lloros.
-        Salvo que no sea ésta la estación.
-        ¿No será más bien un arbolito?
-        Un arbusto.
-        Un arbolito.
-        Un… ¿Qué insinúas? ¿Qué nos hemos equivocado de lugar?
-        Ya debería estar aquí.
-        No aseguró que vendría.
-        ¿Y si no viene?
-        Volveremos mañana.
-        Y pasado mañana
-        Y pasado mañana.
-        Quizá.
-        Y así sucesivamente.
-        Es decir…
-        Hasta que venga
-        Eres implacable.
-        Ya vinimos ayer
-        ¡Ah no! En eso te equivocas.
-        ¿Qué hicimos ayer?
-       
-        Me parece… para sembrar dudas eres único.
-        Creo que estuvimos aquí.
-        El lugar, ¿Te resulta familiar?
-        No he dicho eso.
-        ¿Entonces?
-        Eso no importa
-        Sin embargo… este árbol… esa turba
-        ¿Estás seguro de que era esta noche?
-        ¿Qué?
-        Cuando debíamos esperarle.
-        Dijo sábado. Creo.
-        Después del trabajo.
-        Debí apuntarlo
-        Pero ¿Qué sábado? Además, ¿hoy es sábado? ¿No será domingo? ¿o lunes? ¿O viernes?
-        No es posible
-        O jueves.
-        ¿Qué podemos hacer?
-        Si ayer por la noche se molestó por nada, puedes muy bien suponer que hoy no vendrá.
-        Pero dices que ayer noche vinimos.
-        Puedo equivocarme. Callemos un momento, ¿Quieres?
-        Bien. Gogo. SILENCIO. ¡GOGO!
-        Dormía. ¿Por qué nunca me dejas dormir?
-        Me sentía solo
-        Tuve un sueño.
-        ¡No me lo cuentes!
-        Soñaba que…
-        ¡NO ME LO CUENTES!
-        ¿Te basta esto? No eres nada amable, Didi. ¿A quién quieres que cuente mis pesadillas más íntimas, sino a ti?
-        Que sigan siendo muy íntimas. De sobra sabes que no las soporto.
-        A veces me pregunto si no sería mejor que nos separásemos.
-        No irías lejos.
-        Cierto, ése sería un grave inconveniente. ¿Verdad que ése sería un grave inconveniente, Didi? En vista de la belleza del camino. Y bondad de los viajeros. ¿No es cierto, Didi?
-        Calma
-        Calma… calma… los ingleses dicen caaam. Son gentes caaams. ¿Conoces la historia del inglés en el burdel?
-       
-        Cuéntamela
-        Basta
-        Un inglés en estado ebrio fue a un burdel. La dueña le preguntó si quería una rubia, una morna o una pelirroja. Continúa.
-        ¡Basta!
-        ¿Querías hablarme? ¿Tenías algo que decirme? Dime, Didi…
-        No tengo nada que decirte.
-        ¿Estás enfadado? ¡Perdón! Vamos, Didi. ¡Dame la mano! ¡Abrázame! ¡Déjate hacer! ¡Apestas a ajo!
-        Es para los riñones. Y ahora, ¿qué hacemos?
-        Esperamos.
-        Sí, ¿pero mientras esperamos?
-        ¿Y si nos ahorcáramos?
-        Sería un buen medio para que se nos pusiera tiesa.
-        ¿Lo hacemos?
-        Con todo lo que sigue. Allí donde eso cae, crecen mandrágoras. Por eso gritan cuando las arrancan. ¿No lo sabías?
-        Ahorquémonos ahora mismo.
-        ¿De una rama? No me fío.
-        Siempre podemos intentarlo.
-        Inténtalo.
-        Después de ti.
-        No, tú primero.
-        ¿Por qué?
-        Pesas menos que yo.
-        Precisamente .
-        No lo comprendo.
-        Vamos, reflexiona un poco.
-        No lo comprendo.
-        Te lo explicaré. La rana… la rana… ¡Pero trata de comprenderlo!
-        Sólo cuento contigo. Gogo liviano –no romper rama- Gogo muerto. Didi pesado –romper rama –Didi solo. Mientras que…
-        No se me había ocurrido.
-        Quien puede lo más, puede lo menos.
-        Pero ¿acaso peso más que tú?
-        Tú lo has dicho. Yo no sé nada. Existe una probabilidad entre dos. O casi.
-        Entonces, ¿qué hacemos?
-        No hagamos nada. Es lo más prudente.
-        Esperemos a ver qué nos dice.
-        ¿Quién?
-        Godot.
-        Claro.
-        Esperemos hasta estar seguros.
-        Por otra parte, quizá sería mejor hacer las cosas en caliente.
-        Tengo curiosidad por saber qué va a decirnos. Sea lo que sea, no nos compromete a nada.
-        ¿Qué le hemos pedido concretamente?
-        ¿No estabas?
-        No presté atención.
-        Bueno… Nada muy concreto.
-        Una especie de súplica.
-        Eso es.
-        Una vaga súplica.
-        Si tú lo dices.
-        ¿Qué contestó?
-        Que ya vería.
-        Que no podía prometer nada.
-        Que necesitaba pensar.
-        Con la mente despejada.
-        Consultar con la familia.
-        Sus amigos.
-        Sus agentes.
-        Sus corresponsales
-        Sus registros.
-        Su cuenta corriente.
-        Antes de pronunciarse
-        Es natural
-        ¿No es cierto?
-        Lo supongo.
-        Yo también.
PAUSA
-        ¿Y nosotros?
-        ¿Qué dices?
-        Digo: ¿Y nosotros?
-        No comprendo.
-        ¿Cuál es nuestro papel en este asunto?
-        ¿Nuestro papel?
-        Tómate tiempo.
-        ¿Nuestro papel? El del suplicante.
-        ¿Hasta este extremo?
-        ¿El señor tiene exigencias que hacer valer?
-        ¿Ya no tenemos derechos?
-        Me harías reír, si me estuviera permitido.
-        ¿Los hemos perdido?
-        Los hemos vendido.
SILENCIO
-        No estamos atados, ¿verdad? ¿eh?
-        ¡Escucha!
-        No oigo nada.
-        ¡Psst! Yo tampoco.
-        Me asustaste.
-        Creí que era él.
-        ¿Quién?
-        Godot.
-        ¡Bah! El viento entre las cañas.
-        Hubiera jurado que eran gritos.
-        ¿Y por qué iba a gritar?
-        En pos de su caballo.
-        Vámonos.
-        ¿A dónde? Esta noche quizá durmamos en su casa, en un lugar seco y caliente, con el estómago lleno, sobre un jergón. Vale la pena esperar, ¿no?
-        Aún es de día.
SILENCIO
-        Tengo hambre.
-        ¿Quieres una zanahoria?
-        ¿No hay otra cosa?
-        Debo de tener algunos nabos.
-        Dame una zanahoria. VLADIMIR SACA UN NABO Y SE LO DA A ESTRAGON. Gracias. ¡Es un nabo!
-        ¡Oh, perdón! Hubiese jurado que era una zanahoria. Te habrás comido la última. Espera, aquí está. SACA UNA ZANAHORIA Y SE LA DA A ESTRAGÓN. Aquí tienes, querido. Devuélveme el nabo. ESTRAGÓN LE DEVUELVE EL NABO. Hazla durar,  no hay más.
-        Te he preguntado algo.
-        Ah
-        ¿Me has contestado?
-        ¿Está rica tu zanahoria?
-        Es muy dulce.
-        Tanto mejor, tanto mejor. ¿Qué querías saber?
-        Ya no lo recuerdo. Me fastidia no recordarlo. Tu zanahoria es deliciosa. Espera, ya recuerdo.
-        ¿Sí?
-        ¿No estamos atados, verdad?
-        No entiendo nada.
-        Pregunto si estamos atados.
-        ¿Atados?
-        Atados.
-        ¿Cómo, atados?
-        De pies y manos.
-        Pero ¿a quién? ¿por quién?
-        A tu buen hombre.
-        ¿A Godot? ¿Atados a Godot? ¡Qué idea! ¡De ningún modo! Todavía no.
-        ¿Se llama Godot?
-        Creo que sí.
-        ¡Vaya! Es curioso, cuanto más corta peor sabe (LA ZANAHORIA)
-        Para mí, todo lo contrario.
-        ¿Es decir?
-        Yo le voy tomando gusto a medida que la como.
-        ¿Eso es lo contrario?
-        Cuestión de temperamento.
-        De carácter.
-        No se puede hacer nada.
-        Es inútil esforzarse.
-        Uno sigue siendo lo que es.
-        Por mucho que se retuerza.
-        El fondo no cambia.
-        Nada que hacer. ¿Quieres acabarla? (LA ZANAHORIA)