sábado, 30 de julio de 2016

TeXto

Esperando a Godot

-        No hay nada que hacer
-        Empiezo a creerlo. Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo, diciéndome: Vladimir, sé razonable, aún no lo has intentado todo. Y volvía a la lucha. Vaya, ya estás ahí otra vez.
-        ¿Tú crees?
-        Me alegra volver a verte. Creí que te habías ido para siempre.
-        Yo también.
-        ¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro? Levántate, deja que te abrace.
-        Enseguida, enseguida.

SILENCIO

-        ¿Se puede saber dónde ha pasado la noche el señor?
-        En un foso
-        ¡Un foso! ¿Dónde?
-        Por ahí.
-        ¿Y no te han pegado?
-        Sí… no demasiado
-        ¿Los de siempre?
-        ¿Los de siempre? No sé.

SILENCIO

-        Cuando lo pienso… desde entonces… me pregunto… qué hubiera sido de ti… sin mí… sin duda, a estas horas, serías ya un montoncito de huesos.
-        ¿Algo más?
-        Es demasiado para un hombre solo. PAUSA. Por otra parte, es lo que me digo: para qué desanimarse ahora. Hubiera sido necesario pensarlo hace una eternidad, hacia 1900.
-        Basta. Ayúdame a quitarme esa porquería.
-        Hubiéramos sido de los primeros en arrojarnos juntos, cogidos de la mano, desde la Torre Eiffel. Entonces valíamos algo. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera nos permitirían subir. ¿Qué haces?
-        Descalzarme. ¿No lo has hecho nunca?
-        Desde hace tiempo vengo diciéndome que hay que descalzarse todos los días. Más te valdría hacerme caso.
-        ¡Ayúdame!
-        ¿Te duele?
-        ¡Dolor! ¡Me pregunta si me duele!
-        ¡Siempre eres el único que sufre! Yo no importo nada. Quisiera verte en mi lugar. Ya me lo harías saber.
-        ¿Has sentido dolor?
-        ¡Dolor! ¡Me pregunta si he sentido dolor”
-        Ésa no es razón para no abrocharte.
-        Es cierto. No hay que descuidarse en las pequeñas cosas.
-        Qué quieres que te diga, siempre esperas al último momento.
-        El último momento… tarda en llegar, pero valdrá la pena. ¿Quién lo decía?
-        ¿No quieres ayudarme?
-        A veces me digo que, a pesar de todo, llega. Entonces me siento muy raro. ¿Cómo decirlo? Aliviado y al mismo tiempo… aterrado. A-TE-RRA-DO. ¡Vaya! En fin… ¿Y?
-        Nada.
-        A ver
-        No hay nada que ver.
-        Intenta ponértelo otra vez. (EL ZAPATO)
-        Voy a dejar que se airee un poco.
-        He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto  empieza a resultar inquietante. Uno de los dos ladrones se salvó. PAUSA. Es un porcentaje decente. PAUSA. Gogo…
-        ¿Qué?
-        ¿Y si nos arrepintiésemos?
-        ¿De qué?
-        Pues… No sería necesario entrar en detalles.
-        ¿De haber nacido?
-        Ni siquiera se atreve uno a reír.
-        Hablas de una privación.
-        Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin… Gogo…
-        ¿Qué hay?
-        ¿Has leído la Biblia?
-        La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-        ¿En la escuela Sin Dios?
-        No sé si sin o con.
-        Debes de confundirte con la Roquete.
-        Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos felices.
-        Debieras haber sido poeta.
-        Lo he sido. ¿No se nota?

SILENCIO.

-        ¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-        Se hincha.
-        Ah, sí, ya sé, la historia de los ladrones. ¿La recuerdas?
-        No.
-        ¿Quieres que te la cuente otra vez?
-        No.
-        Así matamos el tiempo. Eran dos ladrones, crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-        ¿El qué?
-        El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno fue salvado y el otro…
-        ¿Salvado de qué?
-        Del infierno.
-        Me voy
-        Y, sin embargo… ¿Cómo es que …? Supongo que no te aburro.
-        No escucho.
-        ¿Cómo se comprende que de los cuatro eran evangelista sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban allí presentes… bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. Veamos, Gogo, tienes que devolverme la pelota de vez en cuando.
-        Escucho.
-        Uno de cuatro. De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo insultaron.
-        ¿Quién?
-        ¿Cómo?
-        No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-        El Salvador.
-        ¿Por qué?
-        Porque no quiso salvarles.
-        ¿Del infierno?
-        ¡No! De la muerte.
-        ¿Y entonces, qué?
-        Entonces hubo que condenar a los dos.
-        ¿Y después?
-        Pero el otro dice que uno se salvó.
-        ¿Y qué? No están de acuerdo, eso es todo.
-        Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-        ¿Quién le cree?
-        Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta versión.
-        La gente es estúpida.
-        ¡Bah!
-        Delicioso lugar. Semblantes alegres. Vámonos.
-        No podemos
-        ¿Por qué?
-        Esperamos a Godot.
-        Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-        ¿Qué?
-        Donde hay que esperar.
-        Dijo delante del árbol. ¿Ves algún otro?
-        ¿Qué es?
-        Nada.
-        A ver.
-        No hay nada que ver.
-        Intenta ponértelo otra vez
-        Voy a dejar que se aire un poco.
-        He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto empieza a resultar inquietante. Uno de los dos ladrones se salvó. Es un porcentaje decente. Gogo…
-        ¿Qué?
-        ¿Y si nos arrepintiésemos?
-        ¿De qué?
-        Pues… No sería necesario entrar en detalles.
-        ¿De haber nacido?
-        Ni siquiera se atreve uno a reír.
-        Hablas de una privación.
-        Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin… Gogo…
-        ¿Qué hay?
-        ¿Has leído la Biblia?
-        La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-        ¿En la escuela Sin Dios?
-        No sé sin o con.
-        Debes de confundirte con la Roquete
-        Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos felices.
-        Debieras haber sido poeta.
-        Lo he sido. ¿No se nota?

SILENCIO

-        ¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-        Se hincha.
-        Ah, sí, ya sé, la historia de los ladrones. ¿La recuerdas?
-        No.
-        ¿Quieres que te la cuente otra vez?
-        No.
-        Así matamos el tiempo. Eran dos ladrones crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-        ¿El qué?
-        El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno fue salvado y el otro… condenado
-        ¿Salvado de qué?
-        Del infierno
-        Me voy
-        Y, sin embargo… ¿Cómo es que…?
-        No escucho.
-        ¿Cómo se comprende que de los cuatro evangelistas sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban allí presentes…. Bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. Veamos. Gogo, tienes que devolverme la pelotaq de vez en cuando.
-        Escucho.
-        Uno de los cuatro. De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo insultaron.
-        ¿Quién?
-        ¿Cómo?
-        No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-        El Salvador.
-        ¿Por qué?
-        Porque no quiso salvarles.
-        ¿Del infierno?
-        ¡No! De la muerte.
-        ¿Y entonces, qué?
-        Entonces hubo que condenar a los dos.
-        ¿Y después?
-        Pero el otro dice que uno se salvó.
-        ¿Y qué? No están de acuerdo, eso es todo.
-        Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno de habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-        ¿Quién le cree?
-        Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta versión.
-        La gente es estúpida.
-        ¡Bah!
-        Delicioso lugar. Semblantes alegres. Vámonos
-        No podemos
-        ¿Por qué?
-        Esperamos a Godot.
-        Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-        Qué?
-        Donde hay que esperar.
-        Dijo delante del árbol. ¿Ves otro?
-        ¿Qué es?
-        Parece un sauce llorón
-        Debe de estar muerto.
-        Basta de lloros.
-        Salvo que no sea ésta la estación.
-        ¿No será más bien un arbolito?
-        Un arbusto.
-        Un arbolito.
-        Un… ¿Qué insinúas? ¿Qué nos hemos equivocado de lugar?
-        Ya debería estar aquí.
-        No aseguró que vendría.
-        ¿Y si no viene?
-        Volveremos mañana.
-        Y pasado mañana
-        Y pasado mañana.
-        Quizá.
-        Y así sucesivamente.
-        Es decir…
-        Hasta que venga
-        Eres implacable.
-        Ya vinimos ayer
-        ¡Ah no! En eso te equivocas.
-        ¿Qué hicimos ayer?
-       
-        Me parece… para sembrar dudas eres único.
-        Creo que estuvimos aquí.
-        El lugar, ¿Te resulta familiar?
-        No he dicho eso.
-        ¿Entonces?
-        Eso no importa
-        Sin embargo… este árbol… esa turba
-        ¿Estás seguro de que era esta noche?
-        ¿Qué?
-        Cuando debíamos esperarle.
-        Dijo sábado. Creo.
-        Después del trabajo.
-        Debí apuntarlo
-        Pero ¿Qué sábado? Además, ¿hoy es sábado? ¿No será domingo? ¿o lunes? ¿O viernes?
-        No es posible
-        O jueves.
-        ¿Qué podemos hacer?
-        Si ayer por la noche se molestó por nada, puedes muy bien suponer que hoy no vendrá.
-        Pero dices que ayer noche vinimos.
-        Puedo equivocarme. Callemos un momento, ¿Quieres?
-        Bien. Gogo. SILENCIO. ¡GOGO!
-        Dormía. ¿Por qué nunca me dejas dormir?
-        Me sentía solo
-        Tuve un sueño.
-        ¡No me lo cuentes!
-        Soñaba que…
-        ¡NO ME LO CUENTES!
-        ¿Te basta esto? No eres nada amable, Didi. ¿A quién quieres que cuente mis pesadillas más íntimas, sino a ti?
-        Que sigan siendo muy íntimas. De sobra sabes que no las soporto.
-        A veces me pregunto si no sería mejor que nos separásemos.
-        No irías lejos.
-        Cierto, ése sería un grave inconveniente. ¿Verdad que ése sería un grave inconveniente, Didi? En vista de la belleza del camino. Y bondad de los viajeros. ¿No es cierto, Didi?
-        Calma
-        Calma… calma… los ingleses dicen caaam. Son gentes caaams. ¿Conoces la historia del inglés en el burdel?
-       
-        Cuéntamela
-        Basta
-        Un inglés en estado ebrio fue a un burdel. La dueña le preguntó si quería una rubia, una morna o una pelirroja. Continúa.
-        ¡Basta!
-        ¿Querías hablarme? ¿Tenías algo que decirme? Dime, Didi…
-        No tengo nada que decirte.
-        ¿Estás enfadado? ¡Perdón! Vamos, Didi. ¡Dame la mano! ¡Abrázame! ¡Déjate hacer! ¡Apestas a ajo!
-        Es para los riñones. Y ahora, ¿qué hacemos?
-        Esperamos.
-        Sí, ¿pero mientras esperamos?
-        ¿Y si nos ahorcáramos?
-        Sería un buen medio para que se nos pusiera tiesa.
-        ¿Lo hacemos?
-        Con todo lo que sigue. Allí donde eso cae, crecen mandrágoras. Por eso gritan cuando las arrancan. ¿No lo sabías?
-        Ahorquémonos ahora mismo.
-        ¿De una rama? No me fío.
-        Siempre podemos intentarlo.
-        Inténtalo.
-        Después de ti.
-        No, tú primero.
-        ¿Por qué?
-        Pesas menos que yo.
-        Precisamente .
-        No lo comprendo.
-        Vamos, reflexiona un poco.
-        No lo comprendo.
-        Te lo explicaré. La rana… la rana… ¡Pero trata de comprenderlo!
-        Sólo cuento contigo. Gogo liviano –no romper rama- Gogo muerto. Didi pesado –romper rama –Didi solo. Mientras que…
-        No se me había ocurrido.
-        Quien puede lo más, puede lo menos.
-        Pero ¿acaso peso más que tú?
-        Tú lo has dicho. Yo no sé nada. Existe una probabilidad entre dos. O casi.
-        Entonces, ¿qué hacemos?
-        No hagamos nada. Es lo más prudente.
-        Esperemos a ver qué nos dice.
-        ¿Quién?
-        Godot.
-        Claro.
-        Esperemos hasta estar seguros.
-        Por otra parte, quizá sería mejor hacer las cosas en caliente.
-        Tengo curiosidad por saber qué va a decirnos. Sea lo que sea, no nos compromete a nada.
-        ¿Qué le hemos pedido concretamente?
-        ¿No estabas?
-        No presté atención.
-        Bueno… Nada muy concreto.
-        Una especie de súplica.
-        Eso es.
-        Una vaga súplica.
-        Si tú lo dices.
-        ¿Qué contestó?
-        Que ya vería.
-        Que no podía prometer nada.
-        Que necesitaba pensar.
-        Con la mente despejada.
-        Consultar con la familia.
-        Sus amigos.
-        Sus agentes.
-        Sus corresponsales
-        Sus registros.
-        Su cuenta corriente.
-        Antes de pronunciarse
-        Es natural
-        ¿No es cierto?
-        Lo supongo.
-        Yo también.
PAUSA
-        ¿Y nosotros?
-        ¿Qué dices?
-        Digo: ¿Y nosotros?
-        No comprendo.
-        ¿Cuál es nuestro papel en este asunto?
-        ¿Nuestro papel?
-        Tómate tiempo.
-        ¿Nuestro papel? El del suplicante.
-        ¿Hasta este extremo?
-        ¿El señor tiene exigencias que hacer valer?
-        ¿Ya no tenemos derechos?
-        Me harías reír, si me estuviera permitido.
-        ¿Los hemos perdido?
-        Los hemos vendido.
SILENCIO
-        No estamos atados, ¿verdad? ¿eh?
-        ¡Escucha!
-        No oigo nada.
-        ¡Psst! Yo tampoco.
-        Me asustaste.
-        Creí que era él.
-        ¿Quién?
-        Godot.
-        ¡Bah! El viento entre las cañas.
-        Hubiera jurado que eran gritos.
-        ¿Y por qué iba a gritar?
-        En pos de su caballo.
-        Vámonos.
-        ¿A dónde? Esta noche quizá durmamos en su casa, en un lugar seco y caliente, con el estómago lleno, sobre un jergón. Vale la pena esperar, ¿no?
-        Aún es de día.
SILENCIO
-        Tengo hambre.
-        ¿Quieres una zanahoria?
-        ¿No hay otra cosa?
-        Debo de tener algunos nabos.
-        Dame una zanahoria. VLADIMIR SACA UN NABO Y SE LO DA A ESTRAGON. Gracias. ¡Es un nabo!
-        ¡Oh, perdón! Hubiese jurado que era una zanahoria. Te habrás comido la última. Espera, aquí está. SACA UNA ZANAHORIA Y SE LA DA A ESTRAGÓN. Aquí tienes, querido. Devuélveme el nabo. ESTRAGÓN LE DEVUELVE EL NABO. Hazla durar,  no hay más.
-        Te he preguntado algo.
-        Ah
-        ¿Me has contestado?
-        ¿Está rica tu zanahoria?
-        Es muy dulce.
-        Tanto mejor, tanto mejor. ¿Qué querías saber?
-        Ya no lo recuerdo. Me fastidia no recordarlo. Tu zanahoria es deliciosa. Espera, ya recuerdo.
-        ¿Sí?
-        ¿No estamos atados, verdad?
-        No entiendo nada.
-        Pregunto si estamos atados.
-        ¿Atados?
-        Atados.
-        ¿Cómo, atados?
-        De pies y manos.
-        Pero ¿a quién? ¿por quién?
-        A tu buen hombre.
-        ¿A Godot? ¿Atados a Godot? ¡Qué idea! ¡De ningún modo! Todavía no.
-        ¿Se llama Godot?
-        Creo que sí.
-        ¡Vaya! Es curioso, cuanto más corta peor sabe (LA ZANAHORIA)
-        Para mí, todo lo contrario.
-        ¿Es decir?
-        Yo le voy tomando gusto a medida que la como.
-        ¿Eso es lo contrario?
-        Cuestión de temperamento.
-        De carácter.
-        No se puede hacer nada.
-        Es inútil esforzarse.
-        Uno sigue siendo lo que es.
-        Por mucho que se retuerza.
-        El fondo no cambia.
-        Nada que hacer. ¿Quieres acabarla? (LA ZANAHORIA)







No hay comentarios:

Publicar un comentario