Esperando
a Godot
-
No hay nada que hacer
-
Empiezo a creerlo. Durante mucho tiempo
me he resistido a pensarlo, diciéndome: Vladimir, sé razonable, aún no lo has
intentado todo. Y volvía a la lucha. Vaya, ya estás ahí otra vez.
-
¿Tú crees?
-
Me alegra volver a verte. Creí que te
habías ido para siempre.
-
Yo también.
-
¿Qué podemos hacer para celebrar este
encuentro? Levántate, deja que te abrace.
-
Enseguida, enseguida.
SILENCIO
-
¿Se puede saber dónde ha pasado la noche
el señor?
-
En un foso
-
¡Un foso! ¿Dónde?
-
Por ahí.
-
¿Y no te han pegado?
-
Sí… no demasiado
-
¿Los de siempre?
-
¿Los de siempre? No sé.
SILENCIO
-
Cuando lo pienso… desde entonces… me
pregunto… qué hubiera sido de ti… sin mí… sin duda, a estas horas, serías ya un
montoncito de huesos.
-
¿Algo más?
-
Es demasiado para un hombre solo. PAUSA.
Por otra parte, es lo que me digo: para qué desanimarse ahora. Hubiera sido
necesario pensarlo hace una eternidad, hacia 1900.
-
Basta. Ayúdame a quitarme esa porquería.
-
Hubiéramos sido de los primeros en
arrojarnos juntos, cogidos de la mano, desde la Torre Eiffel. Entonces valíamos
algo. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera nos permitirían subir. ¿Qué haces?
-
Descalzarme. ¿No lo has hecho nunca?
-
Desde hace tiempo vengo diciéndome que
hay que descalzarse todos los días. Más te valdría hacerme caso.
-
¡Ayúdame!
-
¿Te duele?
-
¡Dolor! ¡Me pregunta si me duele!
-
¡Siempre eres el único que sufre! Yo no
importo nada. Quisiera verte en mi lugar. Ya me lo harías saber.
-
¿Has sentido dolor?
-
¡Dolor! ¡Me pregunta si he sentido
dolor”
-
Ésa no es razón para no abrocharte.
-
Es cierto. No hay que descuidarse en las
pequeñas cosas.
-
Qué quieres que te diga, siempre esperas
al último momento.
-
El último momento… tarda en llegar, pero
valdrá la pena. ¿Quién lo decía?
-
¿No quieres ayudarme?
-
A veces me digo que, a pesar de todo,
llega. Entonces me siento muy raro. ¿Cómo decirlo? Aliviado y al mismo tiempo…
aterrado. A-TE-RRA-DO. ¡Vaya! En fin… ¿Y?
-
Nada.
-
A ver
-
No hay nada que ver.
-
Intenta ponértelo otra vez. (EL ZAPATO)
-
Voy a dejar que se airee un poco.
-
He aquí al hombre íntegro arremetiendo
contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto empieza a resultar inquietante. Uno de los
dos ladrones se salvó. PAUSA. Es un porcentaje decente. PAUSA. Gogo…
-
¿Qué?
-
¿Y si nos arrepintiésemos?
-
¿De qué?
-
Pues… No sería necesario entrar en
detalles.
-
¿De haber nacido?
-
Ni siquiera se atreve uno a reír.
-
Hablas de una privación.
-
Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin…
Gogo…
-
¿Qué hay?
-
¿Has leído la Biblia?
-
La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-
¿En la escuela Sin Dios?
-
No sé si sin o con.
-
Debes de confundirte con la Roquete.
-
Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra
Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con
sólo mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos.
Seremos felices.
-
Debieras haber sido poeta.
-
Lo he sido. ¿No se nota?
SILENCIO.
-
¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-
Se hincha.
-
Ah, sí, ya sé, la historia de los
ladrones. ¿La recuerdas?
-
No.
-
¿Quieres que te la cuente otra vez?
-
No.
-
Así matamos el tiempo. Eran dos
ladrones, crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-
¿El qué?
-
El Salvador. Dos ladrones. Se dice que
uno fue salvado y el otro…
-
¿Salvado de qué?
-
Del infierno.
-
Me voy
-
Y, sin embargo… ¿Cómo es que …? Supongo
que no te aburro.
-
No escucho.
-
¿Cómo se comprende que de los cuatro
eran evangelista sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban
allí presentes… bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado.
Veamos, Gogo, tienes que devolverme la pelota de vez en cuando.
-
Escucho.
-
Uno de cuatro. De los tres restantes,
dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo insultaron.
-
¿Quién?
-
¿Cómo?
-
No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-
El Salvador.
-
¿Por qué?
-
Porque no quiso salvarles.
-
¿Del infierno?
-
¡No! De la muerte.
-
¿Y entonces, qué?
-
Entonces hubo que condenar a los dos.
-
¿Y después?
-
Pero el otro dice que uno se salvó.
-
¿Y qué? No están de acuerdo, eso es
todo.
-
Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno
habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-
¿Quién le cree?
-
Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta
versión.
-
La gente es estúpida.
-
¡Bah!
-
Delicioso lugar. Semblantes alegres.
Vámonos.
-
No podemos
-
¿Por qué?
-
Esperamos a Godot.
-
Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-
¿Qué?
-
Donde hay que esperar.
-
Dijo delante del árbol. ¿Ves algún otro?
-
¿Qué es?
-
Nada.
-
A ver.
-
No hay nada que ver.
-
Intenta ponértelo otra vez
-
Voy a dejar que se aire un poco.
-
He aquí al hombre íntegro arremetiendo
contra su calzado cuando el culpable es el pie. Esto empieza a resultar
inquietante. Uno de los dos ladrones se salvó. Es un porcentaje decente. Gogo…
-
¿Qué?
-
¿Y si nos arrepintiésemos?
-
¿De qué?
-
Pues… No sería necesario entrar en
detalles.
-
¿De haber nacido?
-
Ni siquiera se atreve uno a reír.
-
Hablas de una privación.
-
Sólo sonreír. No es lo mismo. En fin…
Gogo…
-
¿Qué hay?
-
¿Has leído la Biblia?
-
La Biblia… Le habré echado un vistazo.
-
¿En la escuela Sin Dios?
-
No sé sin o con.
-
Debes de confundirte con la Roquete
-
Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra
Santa. En color. Muy bonitos. El mar Muerto era azul pálido. Sentía sed con sólo
mirarlo. Me decía: iremos allí a pasar nuestra luna de miel. Nadaremos. Seremos
felices.
-
Debieras haber sido poeta.
-
Lo he sido. ¿No se nota?
SILENCIO
-
¿Qué decía? ¿Cómo sigue tu pie?
-
Se hincha.
-
Ah, sí, ya sé, la historia de los
ladrones. ¿La recuerdas?
-
No.
-
¿Quieres que te la cuente otra vez?
-
No.
-
Así matamos el tiempo. Eran dos ladrones
crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se…
-
¿El qué?
-
El Salvador. Dos ladrones. Se dice que
uno fue salvado y el otro… condenado
-
¿Salvado de qué?
-
Del infierno
-
Me voy
-
Y, sin embargo… ¿Cómo es que…?
-
No escucho.
-
¿Cómo se comprende que de los cuatro
evangelistas sólo uno presente los hechos de ese modo? Los cuatro estaban allí
presentes…. Bueno, no muy lejos. Y sólo uno habla de un ladrón salvado. Veamos.
Gogo, tienes que devolverme la pelotaq de vez en cuando.
-
Escucho.
-
Uno de los cuatro. De los tres
restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que los otros dos lo
insultaron.
-
¿Quién?
-
¿Cómo?
-
No entiendo nada… ¿Insultado? ¿Quién?
-
El Salvador.
-
¿Por qué?
-
Porque no quiso salvarles.
-
¿Del infierno?
-
¡No! De la muerte.
-
¿Y entonces, qué?
-
Entonces hubo que condenar a los dos.
-
¿Y después?
-
Pero el otro dice que uno se salvó.
-
¿Y qué? No están de acuerdo, eso es
todo.
-
Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno
de habla de un ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?
-
¿Quién le cree?
-
Pues todo el mundo. Sólo se conoce esta
versión.
-
La gente es estúpida.
-
¡Bah!
-
Delicioso lugar. Semblantes alegres.
Vámonos
-
No podemos
-
¿Por qué?
-
Esperamos a Godot.
-
Es cierto. ¿Estás seguro de que es aquí?
-
Qué?
-
Donde hay que esperar.
-
Dijo delante del árbol. ¿Ves otro?
-
¿Qué es?
-
Parece un sauce llorón
-
Debe de estar muerto.
-
Basta de lloros.
-
Salvo que no sea ésta la estación.
-
¿No será más bien un arbolito?
-
Un arbusto.
-
Un arbolito.
-
Un… ¿Qué insinúas? ¿Qué nos hemos
equivocado de lugar?
-
Ya debería estar aquí.
-
No aseguró que vendría.
-
¿Y si no viene?
-
Volveremos mañana.
-
Y pasado mañana
-
Y pasado mañana.
-
Quizá.
-
Y así sucesivamente.
-
Es decir…
-
Hasta que venga
-
Eres implacable.
-
Ya vinimos ayer
-
¡Ah no! En eso te equivocas.
-
¿Qué hicimos ayer?
-
Sí
-
Me parece… para sembrar dudas eres
único.
-
Creo que estuvimos aquí.
-
El lugar, ¿Te resulta familiar?
-
No he dicho eso.
-
¿Entonces?
-
Eso no importa
-
Sin embargo… este árbol… esa turba
-
¿Estás seguro de que era esta noche?
-
¿Qué?
-
Cuando debíamos esperarle.
-
Dijo sábado. Creo.
-
Después del trabajo.
-
Debí apuntarlo
-
Pero ¿Qué sábado? Además, ¿hoy es
sábado? ¿No será domingo? ¿o lunes? ¿O viernes?
-
No es posible
-
O jueves.
-
¿Qué podemos hacer?
-
Si ayer por la noche se molestó por nada,
puedes muy bien suponer que hoy no vendrá.
-
Pero dices que ayer noche vinimos.
-
Puedo equivocarme. Callemos un momento,
¿Quieres?
-
Bien. Gogo. SILENCIO. ¡GOGO!
-
Dormía. ¿Por qué nunca me dejas dormir?
-
Me sentía solo
-
Tuve un sueño.
-
¡No me lo cuentes!
-
Soñaba que…
-
¡NO ME LO CUENTES!
-
¿Te basta esto? No eres nada amable,
Didi. ¿A quién quieres que cuente mis pesadillas más íntimas, sino a ti?
-
Que sigan siendo muy íntimas. De sobra
sabes que no las soporto.
-
A veces me pregunto si no sería mejor
que nos separásemos.
-
No irías lejos.
-
Cierto, ése sería un grave
inconveniente. ¿Verdad que ése sería un grave inconveniente, Didi? En vista de
la belleza del camino. Y bondad de los viajeros. ¿No es cierto, Didi?
-
Calma
-
Calma… calma… los ingleses dicen caaam.
Son gentes caaams. ¿Conoces la historia del inglés en el burdel?
-
Sí
-
Cuéntamela
-
Basta
-
Un inglés en estado ebrio fue a un
burdel. La dueña le preguntó si quería una rubia, una morna o una pelirroja.
Continúa.
-
¡Basta!
-
¿Querías hablarme? ¿Tenías algo que
decirme? Dime, Didi…
-
No tengo nada que decirte.
-
¿Estás enfadado? ¡Perdón! Vamos, Didi.
¡Dame la mano! ¡Abrázame! ¡Déjate hacer! ¡Apestas a ajo!
-
Es para los riñones. Y ahora, ¿qué
hacemos?
-
Esperamos.
-
Sí, ¿pero mientras esperamos?
-
¿Y si nos ahorcáramos?
-
Sería un buen medio para que se nos
pusiera tiesa.
-
¿Lo hacemos?
-
Con todo lo que sigue. Allí donde eso
cae, crecen mandrágoras. Por eso gritan cuando las arrancan. ¿No lo sabías?
-
Ahorquémonos ahora mismo.
-
¿De una rama? No me fío.
-
Siempre podemos intentarlo.
-
Inténtalo.
-
Después de ti.
-
No, tú primero.
-
¿Por qué?
-
Pesas menos que yo.
-
Precisamente .
-
No lo comprendo.
-
Vamos, reflexiona un poco.
-
No lo comprendo.
-
Te lo explicaré. La rana… la rana… ¡Pero
trata de comprenderlo!
-
Sólo cuento contigo. Gogo liviano –no
romper rama- Gogo muerto. Didi pesado –romper rama –Didi solo. Mientras que…
-
No se me había ocurrido.
-
Quien puede lo más, puede lo menos.
-
Pero ¿acaso peso más que tú?
-
Tú lo has dicho. Yo no sé nada. Existe
una probabilidad entre dos. O casi.
-
Entonces, ¿qué hacemos?
-
No hagamos nada. Es lo más prudente.
-
Esperemos a ver qué nos dice.
-
¿Quién?
-
Godot.
-
Claro.
-
Esperemos hasta estar seguros.
-
Por otra parte, quizá sería mejor hacer
las cosas en caliente.
-
Tengo curiosidad por saber qué va a
decirnos. Sea lo que sea, no nos compromete a nada.
-
¿Qué le hemos pedido concretamente?
-
¿No estabas?
-
No presté atención.
-
Bueno… Nada muy concreto.
-
Una especie de súplica.
-
Eso es.
-
Una vaga súplica.
-
Si tú lo dices.
-
¿Qué contestó?
-
Que ya vería.
-
Que no podía prometer nada.
-
Que necesitaba pensar.
-
Con la mente despejada.
-
Consultar con la familia.
-
Sus amigos.
-
Sus agentes.
-
Sus corresponsales
-
Sus registros.
-
Su cuenta corriente.
-
Antes de pronunciarse
-
Es natural
-
¿No es cierto?
-
Lo supongo.
-
Yo también.
PAUSA
-
¿Y nosotros?
-
¿Qué dices?
-
Digo: ¿Y nosotros?
-
No comprendo.
-
¿Cuál es nuestro papel en este asunto?
-
¿Nuestro papel?
-
Tómate tiempo.
-
¿Nuestro papel? El del suplicante.
-
¿Hasta este extremo?
-
¿El señor tiene exigencias que hacer
valer?
-
¿Ya no tenemos derechos?
-
Me harías reír, si me estuviera
permitido.
-
¿Los hemos perdido?
-
Los hemos vendido.
SILENCIO
-
No estamos atados, ¿verdad? ¿eh?
-
¡Escucha!
-
No oigo nada.
-
¡Psst! Yo tampoco.
-
Me asustaste.
-
Creí que era él.
-
¿Quién?
-
Godot.
-
¡Bah! El viento entre las cañas.
-
Hubiera jurado que eran gritos.
-
¿Y por qué iba a gritar?
-
En pos de su caballo.
-
Vámonos.
-
¿A dónde? Esta noche quizá durmamos en
su casa, en un lugar seco y caliente, con el estómago lleno, sobre un jergón.
Vale la pena esperar, ¿no?
-
Aún es de día.
SILENCIO
-
Tengo hambre.
-
¿Quieres una zanahoria?
-
¿No hay otra cosa?
-
Debo de tener algunos nabos.
-
Dame una zanahoria. VLADIMIR SACA UN
NABO Y SE LO DA A ESTRAGON. Gracias. ¡Es un nabo!
-
¡Oh, perdón! Hubiese jurado que era una
zanahoria. Te habrás comido la última. Espera, aquí está. SACA UNA ZANAHORIA Y
SE LA DA A ESTRAGÓN. Aquí tienes, querido. Devuélveme el nabo. ESTRAGÓN LE
DEVUELVE EL NABO. Hazla durar, no hay
más.
-
Te he preguntado algo.
-
Ah
-
¿Me has contestado?
-
¿Está rica tu zanahoria?
-
Es muy dulce.
-
Tanto mejor, tanto mejor. ¿Qué querías
saber?
-
Ya no lo recuerdo. Me fastidia no
recordarlo. Tu zanahoria es deliciosa. Espera, ya recuerdo.
-
¿Sí?
-
¿No estamos atados, verdad?
-
No entiendo nada.
-
Pregunto si estamos atados.
-
¿Atados?
-
Atados.
-
¿Cómo, atados?
-
De pies y manos.
-
Pero ¿a quién? ¿por quién?
-
A tu buen hombre.
-
¿A Godot? ¿Atados a Godot? ¡Qué idea!
¡De ningún modo! Todavía no.
-
¿Se llama Godot?
-
Creo que sí.
-
¡Vaya! Es curioso, cuanto más corta peor
sabe (LA ZANAHORIA)
-
Para mí, todo lo contrario.
-
¿Es decir?
-
Yo le voy tomando gusto a medida que la
como.
-
¿Eso es lo contrario?
-
Cuestión de temperamento.
-
De carácter.
-
No se puede hacer nada.
-
Es inútil esforzarse.
-
Uno sigue siendo lo que es.
-
Por mucho que se retuerza.
-
El fondo no cambia.
-
Nada que hacer. ¿Quieres acabarla? (LA
ZANAHORIA)
No hay comentarios:
Publicar un comentario